El fatídico señor A.

EL FATÍDICO SEÑOR A.
Reynold R. Farrera

El señor A. es una persona muy común:

Tiene un trabajo de 9 de la mañana a 5 de la tarde que es rutinario y estresante, como el trabajo de casi todos nosotros.

Tiene una familia a la que mantener con un sueldo siempre estrecho. Habita una casa o departamento pequeño en alguno de los cinturones habitacionales que rodean a la Ciudad de México. Lleva pagando la casa diez años y quizá la pague 20 años más De joven se desplazaba en transporte colectivo o Metro, pero en cuanto tuvo dinero para ello se compró un auto, en abonos que todavía paga y bajo ningún motivo pretende prescindir de él, pues diariamente tiene que desplazarse entre 15 y 30 kilómetros para ir de su casa a su trabajo y viceversa. El auto es el único transporte familiar y él lo usa siempre, pues ya no volverá a pasar por el infierno de aglomeraciones, incomodidades, cansancio, peligros y prisas que es el transporte colectivo. Quizá deban hacerlo su esposa y sus hijos, pero él no, si es que puede evitarlo.

 

Como muchos otros, el señor A. consume entre 3 y 6 horas diarias viajando. Lo hace en su automóvil, en las horas pico. Quisiera hacerlo mas temprano, pero las necesidades de sueño de él y su familia se lo impiden, ya que de por sí tiene que levantarse entre dos y tres horas antes de la entrada a su trabajo. Antes, debe llevar a sus hijos a la Escuela, lo que es casi la única actividad paternal que le permite su vida. Su regreso a casa es también a la hora del tráfico. Sale entre 5 y 6 de su oficina pero llega a su casa entre 8 y 9. Así, no tiene vida familiar entre semana y eso sólo incrementa la tensión en su familia. Los sábados trabaja medio turno, pero aún así llega a su casa, hambriento, entre 4 y 5 de la tarde. Los domingos no quiere salir de su casa, a pesar del aburrimiento de su esposa y sus hijos.

 

Se compró el auto más grande que le permitió su reducido presupuesto, pero que es muy chico para toda la familia. Es Standard porque el automático es más caro, pero esconde eso diciéndose que es más deportivo. Él no lo sabe, pero se ha identificado con el carro, que debe reflejar su hombría y su status social. Por eso y por las presiones de su vida se deprime mucho cuando debe avanzar a vuelta de rueda por las mismas vías, igual de bloqueadas todos los días. Su subconsciente le hace sentirse parte anónima de la inacabable horda de autos, todos tan diferentes al suyo y a la vez todos tan iguales.

 

Cuando el señor A. ve a un motociclista que pasa a su lado y circula con mas ligereza entre los autos bloqueados, siente una mezcla que le resulta difícil de explicar de envidia, añoranza y coraje. Quisiera ser él quien se moviera fuera de la masa. Separarse de todos los automovilistas tan frustrados como él. Si nunca se ha atrevido a montar una motocicleta no lo admite. Habla de racionalidad, de prudencia ante un peligro innecesario, de responsabilidad para con su familia, mientras, en contrapunto, inventa fantasías de arrojo, de habilidad, de seducción y de muchos otras tonterías más.

 

En eso el señor A. es igual a muchísimos otro más, que viven todo esto y sienten lo mismo y sólo lo soportan, sin reaccionar.

 

Lo que hace diferente al señor A. es que algo anda mal en él. Muy mal. Cuando la frustración es muy grande, descarga esa frustración en alguien más, de preferencia alguien que él perciba como menor a él o más débil. Actúa mal y esa es la falla de su carácter. Quizá golpee injustificadamente a sus hijos. Quizá agreda a su mujer. Después de todo él es mas fuerte.

 

Maneja agresivamente y a golpeado otros carros dos o tres veces, levemente pero con enojo, aunque siempre teme que el otro conductor lo agreda a él y eso lo detiene. Ha llamado a su seguro varias veces.

 

Pero por alguna razón esto no pasa con las motocicletas. Quizá sea porque son más chicas que su automóvil. Quizá porque el motociclista se ve indefenso. Puede ser que sienta que no puede hacerle nada a él, encerrado en la seguridad de su carrocería metálica. Está convencido que los de las motos deberían reconocer que su carro mayor merece mayor respeto. No deberían acercarse a él, no deberían importunarlo, pero sobre todo, no deberían ir más rápido ni deberían rebasarlo. Con eso lo insultan, lo enervan, lo frustran y por ello tienen que pagar.

 

Rutinariamente se les cierra a las motocicletas, sobre todo si intentan rebasarlo. Si van adelante de él, les avienta el carro, sonando furiosamente la bocina, con la intención de forzarlos a hacer una maniobra brusca para hacerse a un lado. Se vienen atrás frena bruscamente para asustarlos y dispuesto a hacerlos pagar muy caro si tocan su auto. En el tránsito pesado les bloquea el paso y es capaz de cambiar de carril sólo para impedir que lo adelanten.

 

Se siente muy satisfecho de su costumbre. En las reuniones o charlas, presume de que lo hace con todos los motociclistas, porque "le caen gordos" y espera ser felicitado. Otros como él, a veces lo hacen. Nunca ha reflexionado seriamente en las consecuencias de sus actos. Nunca lo hará.

 

Un día de estos el Señor A. en otras circunstancias tan inofensivo, va a tirar o a hacer chocar a un motociclista. Cuando lo haga, de repente va a sentir angustia. No por su víctima, sino por él mismo. Quizá lo atrapen. Puede ser multado o ir a la cárcel. Cuando lo haga, huirá sin remordimientos. Matará a alguien y ni siquiera le importará. Es más, puede que ni se entere. Si pasa suficiente tiempo sin que sea castigado empezará a platicarlo en sus reuniones y quizá alguien más, parecido a él, le diga que hizo bien.

 

El señor A. es ficticio, es producto sólo de mi imaginación. Por suerte, pocos son como el señor A. O como la Señora A., su equivalente femenino, que también las hay. Sin embargo, todos los motociclistas, más tarde o más temprano, terminamos por encontrarnos con alguien como él, que si existe. Si salimos con bien de la experiencia, siempre nos preguntamos qué ocurre en la cabeza de alguien que de la nada, sin provocación de nuestra parte, nos aventó el carro, se nos cerró en la moto, intentó accidentarnos, trató de matarnos.

 

Los motociclistas no somos psicólogos ni psiquiatras, pero aprendemos, de algún modo a prever las intenciones o las acciones de los automovilistas. Sabemos que hay conductores simplemente torpes, que se acuerdan en el último momento que deben virar para acá o para allá. Así, se le cierran a todo mundo o frenan mal o simplemente no frenan. Los hay distraídos, hablando por el celular, secándose el pelo. Los hay adormilados, que viajan con el piloto automático. También sabemos que los hay agresivos, que van peleando con todos. Los reconocemos por su estilo o sus reacciones y actuamos en consecuencia. Manteniéndonos alejados o siendo precavidos en muestras maniobras.

 

Pero todos tememos al taimado señor A. que fríamente esperará hasta que estemos cerca, a un lado, curveando o frenando para descargar su furia sobre nosotros. Que la suerte nos acompañe y ojalá y nunca nos crucemos en su camino.

 

Aún más, ojalá no ocurra en estos días, ya que debido al reciente accidente ocurrido a actores motociclistas, que fueron atropellados en el periférico por un conductor que el señor A. siente muy parecido a él, se ha enterado que las motocicletas no pueden circular en vías rápidas. Lo dijo el Procurador del Distrito Federal en persona, quien culpó a los motociclistas de ser atropellados.

 

Mañana el señor A. montará de nuevo en su automóvil y sentirá que se le ha encomendado una misión. Impondrá el Reglamento. Castigará al transgresor. Después de todo, quien debiera perseguir su futuro delito lo ha exonerado de antemano.

 

Después de todo...se le ha dado la razón. Así, no tiene dudas. Su mano no temblará.